Alessia Drake

Hace tanto tiempo

Hace tanto tiempo

Hace tanto tiempo  



El silencio se adueñaba de todo aquel paraje, a simple vista totalmente deshabitado. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras, y en el cielo no había sol ni luna. Las montañas negras a la luz del atardecer eran tan altas que la niebla se quedaba prendada de sus cumbres como una tela llevada con el viento. 

Caminando entre los grandes árboles de aquellos bosques, había un viajero. El frío viento hacía ondear su capa de plumas, y su cabello, del color de la arcilla. Sus ojos color ámbar estaban fijos en algo mucho más allá de la interminable foresta, algo que solo él podía ver. 

A su lado caminaba un zorro, de pelaje gris ceniza y con patas negras. Observaba al chico a su lado con curiosidad, y con desconfianza. El joven zorro jamás había confiado en los viajeros mínimamente humanos, aunque sabía que a pesar de su apariencia su acompañante no era uno, al menos en parte. 

–¿Sabes cuánto falta, Addair? –preguntó el chico con la voz ronca por el frío. 

–Si los wendigos siguen azotándonos de esta manera, tardaremos unas dos horas más en llegar al Verde. 

–¿Por qué vamos al Verde, Addair? -lo interrogó el chico con los ojos entrecerrados-. ¿No será que me quieres ver muerto? 

–¿Quién querría muerto a un hijo de Gaia?  -se defendió Addair apartándose unos pasos de su acompañante-. Nadie querría que la Maldición de la Tierra cayera sobre él, Star… Starhole… 

–Hey… -Starhole se detuvo con un estremecimiento, pero no era por el frío-. ¿Tú sabías que eso estaría ahí? 

El chico miraba fijamente un punto entre los árboles. Starhole no podría verlo en realidad, pero podía sentirlo en sus entrañas como si aquel ser lo estuviera llamando. 

Starhole llevaba huyendo de su pueblo casi un año desde que la manada de licántropos había destruido su casa… y la vida como la conocía. Alderk, el lobo alfa de aquella manada, le seguiría la pista hasta el fin del mundo para verlo muerto, y la maldición de Gaia, la diosa de la tierra, no lo detendría. Si Starhole quería vivir, debía ir al Santuario, el único lugar de todo Vanadelad en el que estaría a salvo por un tiempo.   

Unos ojos del color azul gélido del hielo lo miraron en la maleza. Starhole retrocedió, pero su compañero, el viajero Addair Fwerndaym, se quedó en su lugar. 

-No temas, Hijo de la Tierra -le dijo con una sonrisa socarrona dejando al descubierto una hilera de colmillos blancos-. Es solo el guardián del Sendero Resplandeciente, el hijo del Verde. 

Aquella enorme criatura tenía las escamas de todos los tonos verdes posibles, razón por lo que era prácticamente invisible entre la foresta para alguien que no viera sus ojos fríos o conociera su paradero. Mientras extendía su grueso cuello hacia ellos, sus escamas chocaban unas con otras causando un repiqueteo metálico, y a su alrededor se desplegaban dos grandes alas cubiertas de musgo que lo hacían ver el doble de grande. Sus garras, con las uñas del color del marfil, arañaron la tierra frente a él. Una vez extendido en toda su plenitud, la cabeza de la bestia sobresalía casi por encima de los gigantescos árboles de aquel bosque fantasma. 

-¿Quién viaja? -gruñó con voz tan profunda que hacía vibrar la tierra bajo los pies de Starhole. 

Starhole se apartó un mechón de su alborotado cabello de la frente y miró asombrado a la enorme criatura con sus almendrados ojos ambarinos. 

-Addair Fwerndaym, hijo de Athaya -respondió el zorro con sorprendente firmeza- y Starhole, hijo de Gaia. 

-¿Gaia? -el dragón miró a Starhole con los ojos entrecerrados, causando que un terror instintivo se adueñara del chico-. Imposible. Gaia jamás tendría un hijo humano. Iría en contra de todo lo que ella protege. 

-No todos los humanos son iguales -respondió Starhole tratando de sonar firme-. John McStarley fue un buen hombre, un guardabosques que vivía en el bosque. 

-Mientes -el dragón lo miró enseñando los dientes-. ¡Los hombres no me han causado más que penas y dolor! Déjate de palabras huecas y dime quién eres en realidad. 

-Soy hijo de Gaia, diosa de la tierra -reafirmó Starhole, mientras el frío de aquel lugar varado en el tiempo calaba sus huesos incluso por encima de su capa de plumas marrones-. Lo juro por aquello que consideres sagrado, pero es verdad. Mi padre no fue como el resto de los humanos que conoces. Así como yo no soy como los demás. Queremos ir a ver al Verde. 

-Confía en el humano, Greendwolayn -le dijo Addair al dragón-. Viajé con él todo el trecho hasta aquí. Es de confianza… algo así. Yo jamás he confiado del todo en los semidioses. 

-Héroes engreídos, la mayoría -gruñó Greendwolayn con sorna. Luego, aún sonriendo, bajó su enorme cabeza a la altura del pequeño Starhole, que estaba paralizado bajo la gélida mirada azul de aquella criatura. No pudo moverse cuando Greendwolayn aspiró su aroma y captó en él el indudable olor de la tierra en todo su poder. Se alzó de nuevo y miró con los ojos entrecerrados a aquel pequeño humano, no tan humano. 

-Así que es verdad -siseó-. Pueden pasar. 

Se apartó he hizo temblar la tierra mientras se desplazaba unos metros hacia la derecha. Starhole caminó un poco hacia el punto que había quedado descubierto. 

Un sendero de hierba flaqueado por pilares de piedra en el que había talladas runas nórdicas se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Estaba iluminado por bolas de fuego que flotaban en el aire. 

Starhole miró temeroso hacia Greendwolayn, que lo observaba un poco más allá, con sus escamas verdes mimetizándose con su entorno tan bien que simplemente parecía otra parte del bosque. Una parte un poco extraña. 

-Que los astros guarden tu camino, semidiós -le gruñó expulsando algo de humo-, porque presiento que necesitarás mi suerte. Pero soy un dragón del bosque. No puedo asegurarte nada. 

-Gracias -dijo Starhole sinceramente. Se envolvió más en su capa y siguió a Addair por el sendero. 

 

Caminaron y caminaron por horas por aquel interminable camino de hierba que discurría entre los árboles altos y flacuchos. Las sombras de sus largas y quebradizas ramas dibujaban misteriosos dibujos en el suelo del bosque, que Starhole se esforzaba por descifrar. Le habían parecido ver más seres ocultos entre las ramas y en las sombras, pero jamás pudo saber cuales. 

Addair caminaba por el sendero como si lo hubiese hecho millones de veces, cosa que podría ser cierta. Starhole miró a su alrededor, meditabundo. Las runas talladas en los pilares, dispuestos a ambos lados del camino por todo el sendero, despedían un brillo azul y verde, y emitían una magia muy extraña, como pequeñas advertencias. Starhole cada vez pensaba más que seguir al zorro desde que se encontraron en el pueblo de Bardnear había sido mala idea. 

En su pueblo, uno tan pequeño y perdido que nadie jamás se había molestado en ponerle nombre, los animales no hablaban ni eran tan “humanos” por así decirlo como lo eran en el resto del país. Starhole ya había recorrido muchos bosques, pueblos y ciudades donde todo era tan diferente y mucho más avanzado que en su pueblo de nacimiento, tanto que a veces se llegaba a confundir. Si Alderk jamás hubiera llegado a su pueblo buscando matarlo, probablemente habría vivido una vida monótona y tranquila en aquel pueblecillo sin conocer ningún detalle del resto de Vanadelad. Sin embargo, ahora sabía quién era su madre, y ese solo hecho cambiaría su vida para siempre. 

Cuando ya se estaba cansando de verdad de caminar y estaba a punto de derrumbarse en el sendero agotado, vió ante sí un gran arco de piedra envuelto en musgo y enredaderas. Había palabras escritas en el idioma de los elfos del bosque talladas en su superficie agrietada. Addair se lo tradujo. 

-De sangre y tierra se creó el Verde. Bienvenidos a sus dominios, donde todo es suyo… -Addair miró pícaramente a Starhole-. Es tu hermano, ¿sabías? 

-Ah, ¿sí? -Starhole realmente no quería encontrarse con otro hijo de Gaia. Eso solo significaba que no estaría protegido por aquella maldición que tantos otros temían. 

Addair caminó con seguridad a través del arco de piedra, pero Starhole se demoró un poquito más. No tenía armas. La única que había tenido, una daga que había pertenecido a los McStarley por generaciones, le había sido arrebatada por un ladrón de Bardnear, y todavía no sabía usar los poderes de la tierra proporcionados por su parentesco, por lo que estaría totalmente indefenso contra el Verde, quién fuera ese. De nuevo, sintió que Addair simplemente lo estaba llevando ante alguien que podía matarlo, y que el Verde en realidad no tendría idea de donde estaba el Santuario. 

Por fin, respiró hondo y pasó debajo del arco. 

Inmediatamente, se sintió en casa. Una intensa sensación de seguridad y familiaridad se extendió por cada fibra de su ser mientras caminaba por un despejado claro rodeado de fresnos, de hojas exuberantes. Todo tipo de animales estaban posados en distintos lugares del claro, todo tipo de aves, grandes, pequeñas, coloridas, algunas de aspecto peligroso, pero cubrían las ramas de los árboles de todos los colores imaginables. Había grandes felinos como tigres o pumas echados entre las raíces junto a lobos, zorros, coyotes y perros salvajes, y ciervos, alces y caballos caminaban entre los arbustos. Pero no solo habían animales corrientes. 

Starhole había escuchado suficientes historias para reconocer a los majestuosos grifos, bestias águila y león, o a las terroríficas quimeras, a las crueles mantícoras, a los hermosos unicornios y a los poderosos pegasos, así como dríades, espíritus de los bosques, y náyades, espíritus de los ríos y lagos, junto con fuegos fatuos, hadas y otros seres feéricos, además de otros que Starhole no podría nombrar, como lobos enormes y con alas plegadas a su espalda, o dragones felinos largos como serpientes de melenas exuberantes enroscados en los troncos, junto con un leopardo de las nieves con todo el cosmos en su pelaje, una mujer-gato de afilados ojos amarillos, y una sorprendente criatura que parecía la mezcla entre un reptil y un humano que daba escalofríos. Vestía con una armadura dorada y gris, y estaba cruzada de brazos mirando reprobatoriamente a Starhole, como si no pudiera creer que él estaba ahí. 

Addair sonrió ante su mirada maravillada y lo condujo por el centro del claro hasta algo que había más al fondo… Starhole se quedó de piedra y todo rastro de seguridad desapareció. 

Sentado en un trono de piedra musgosa había un ser humanoide pero no exactamente humano con piel rugosa y del color del bosque, como la corteza de un árbol, y furiosos ojos del color verde del ácido. Tenía setas blanquecinas creciendo entre sus orejas, sus hombros y sus brazos, y estaba vestido con una túnica de piel escamosa. A ambos lados de su trono estaban echados dos grandes dragones parecidos a Greendwolayn, pero mucho más pequeños. Pero eso no fue lo que hizo desconfiar a Starhole, si no el hecho de que junto al trono había un chico de unos diecisiete años, con el pelo negro encrespado y ojos del color de la luna. Tenía una capa de piel de lobo de color negro azabache y ropa de estilo medieval. Obviamente, así no era como vestía la última vez que Starhole lo vió. 

Pero todo había sido una trampa. 

De pronto se sintió atrapado, y su corazón latió el doble de rápido. Lo había encontrado, lo había encontrado. ¿Qué hacía el asesino de John McStarley ahí? ¿cómo había llegado antes que él? 

Miró aterrorizado al chico, que lo observaba como un lobo que ha encontrado a su presa. Porque exactamente, eso era lo que estaba pasando. 

-Starhole -dijo el Verde, desviando su atención de Alderk-. Fuiste muy tonto al venir aquí. 

Starhole miró acusador a Addair, pero el zorro había desaparecido. 

-¿Todo fue una trampa? -preguntó indignado. 

-Addair tenía órdenes claras de traerte hasta aquí -explicó el Verde con una voz profunda y con tono cansino-. Yo sabía que buscarías el Santuario de Gaia, hermano. A fin de cuentas, soy el único que sabe exactamente dónde está.

-¿Porqué? -preguntó Starhole sintiéndose totalmente derrotado-. ¿Porqué todos están yendo detrás mío. 

-Jamás encontrarás paz -le dijo el Verde incorporándose en su trono de piedra-. Yo soy inmortal, tú no. Toda la tierra y el cielo irán detrás tuyo hasta que tu alma, esencia y corazón sean suyos, porque eres el único hijo de Gaia capaz de morir, y por lo tanto, el único capaz de cumplir su destino. 

-¡Yo no creo en el destino! -casi bufó Starhole-. Son nuestras decisiones las que forjan nuestro camino. 

-Pero tu destino te ha llevado aquí -Alderk se separó del trono con un brusco movimiento-. Porque es tu destino morir bajo mis garras y colmillos. 

Starhole apretó los dientes con desesperación. Todo su camino, todo el viaje que había hecho… pronto no significaría nada. Alderk se transformaría en lobo y lo devoraría allí mismo como entretenimiento para su querido hermano. 

Pero ya no había nada que hacer. 

El Verde le hizo un gesto de su gran mano a Alderk y este esbozó una sonrisa salvaje. Esta vez, su transformación duró mucho más de lo que había durado cuando lo persiguió por el bosque del pueblo…

...hace tanto tiempo… 

Starhole miró un momento a aquellos ojos dorados que desde que había huído de todo lo que conocía perseguían sus sueños. Un lobo, el doble de grande que él y con pelaje negro azabache, saltó sobre Starhole. 

Él cerró los ojos y supo que iba a morir. 

Entonces, de la nada, todo se detuvo. Abrió los ojos. Alderk transformado en lobo estaba congelado a medio salto con sus fauces abiertas mostrando sus grandes colmillos. El Verde contemplaba la escena con aspecto aburrido. 

La única que no parecía congelada era la criatura-lagarto de la armadura dorada. 

Ella se acercó a Starhole, que retrocedió instintivamente. La cabeza de aquel ser era de serpiente, o de dragón, y una gran cresta membranosa que descendía por su largo cuello escamoso la hacían verse más grande he imponente. Fijó sus ojos grises en él y le mostró un objeto; una brújula que en su interior tenía un reloj marcado por una guadaña. 

Un reloj de Cronos. 

-Vete -siseó ella-. Odio a los humanos, pero estoy en deuda con Gaia. No dejaré que su hijo legítimo muera, mientras yo pueda hacer algo para impedirlo. El camino al Santuario siempre estará abierto para quien quiera que lo necesite. Pero es Gaia quien debe guiarte a él. 

-Gracias… eh… 

-Eco -respondió ella-. Reina de los Ecoclaws. Puedes irte. 

Starhole le agradeció con un movimiento de la cabeza y se obligó a caminar hacia el lugar que ella señalaba, detrás del trono del Verde.  

 Y allá, se extendía un sendero pedregoso que llevaba hacia una montaña. Starhole se volvió para ver el claro del Verde una vez más, pero detrás suyo sólo había un bosque normal y corriente, y el sol volvía a brillar en el cielo, aunque estaba a punto de desaparecer detrás de las montañas. 

Dado que el sendero guiaba directamente hacia la  montaña, Starhole lo siguió. 

Una vez al pie de la montaña, escuchó el rumor del viento en los árboles. Sintió de nuevo aquella sensación de familiaridad, pero con fuerza. ¿El Verde había tenido oportunidad de seguirlo? 

No. 

Ya había estado frente a la Madre Tierra en más de una ocasión. 

Gaia era imposible de describir, pero Starhole solo podría decir que parecía que toda la tierra había ocupado lugar en el vestido de su madre, una mujer bella, pero de semblante regio, con el cabello de todos los tonos marrones y verdes existentes, algunos que Starhole no había visto jamás. 

Ella sonrió. 

-Has sobrevivido todo este tiempo. 

Starhole se encogió de hombros.

-Sí, lo había notado. ¿Qué pasa, madre? 

Gaia se apartó del camino que conducía a la cima de la montaña. 

-Este era el lugar al que estás destinado a pasar los siguientes milenios. Hasta que sea el momento en el que debas bajar a la tierra y ocupar tu lugar entre los mortales. 

-¿A qué te refieres? -Starhole sintió miedo. 

Lo único que lo ataba a ese tiempo, era Falkai. Recordaba el primer trecho de su viaje, que recorrió con ella, la heredera al liderazgo de una tribu que vivía en el bosque y protegían a los dragones que vivían entre ellos, y viceversa. Falkai era la única persona con la que Starhole se había sentido acompañado, exceptuando tal vez a John. Starhole había estado solo toda su vida, hasta que la conoció a ella. Y luego, cuando se tuvieron que separar, en el Río de Cristal…

...y ahora… podría ser que jamás la volviera a ver. 

Miró horrorizado a Gaia al darse cuenta de lo que subir a esa montaña suponía. 

-Mientras vivas en esta montaña, serás inmortal -le dijo Gaia, poniendo una mano sobre su hombro y mirándolo seriamente-. Tendrás que esperar hasta que sea tu momento, hijo, pero yo sé que podrás resistirlo. Por el bien del mundo. 

Starhole se apartó, sacudiendo la cabeza. 

-No, yo no… 

-Si mueres en este siglo, jamás podrás cumplir tu misión -dijo pacientemente Gaia-. Y eso ocasionaría el fin de todos nosotros. Falkai estará bien sin ti. 

Starhole miró a Gaia, quién solo gracias a su naturaleza divina no pudo apiadarse de todo el dolor que veía en los ojos de su hijo. Y ella no sabía la lucha que se libraba dentro de él. 

Podría quedarse en ese tiempo, pero seguramente Alderk lo mataría, o condenaría al futuro de todo Vanadelad. Pero… podría vivir una vida junto a alguien que lo quisiera. Podría ser feliz. 

Pero si no lo hacía, condenaría a todos. 

Starhole no pudo resistir todo aquel dolor, y cuando le tendió la mano a Gaia para que lo llevara a la cumbre de la montaña y cumplir el destino en el que él no creía, las lágrimas se deslizaban, agrias, sobre sus mejillas. 

 

Starhole despertó, jadeando. Estaba de nuevo en su cama de nieve, justo en lo más alto de la montaña. El frío viento no le afectaba gracias a un hechizo de Gaia había hecho. 

Hace tanto tiempo. 

Se sacudió la nieve del pelo. Era la decimotercera vez que soñaba con su pasado en los últimos diecisiete milenios. 

Se levantó, moviendo sus entumecidos músculos, y se asomó por la orilla de la montaña. Todo había cambiado de nuevo. 

La penúltima vez que había visto, las casas eran de concreto y las calles de grava. Los automóviles se movían por el suelo y el cielo estaba apestado de gris. Y la última vez, las construcciones eran de metal y relucían con luces extrañas. Muchos automóviles iban por carriles suspendidos en el aire. El cielo volvía a ser oscuro. 

Ahora, el cielo estaba despejado. Había árboles en su montaña, y prados se extendían a lo lejos. Había casas, y un letrero que decía en aquel lenguaje extraño “Campamento” 

Suspiró y rememoró una vez más su sueño. Todo había pasado así. Llevaba diecisiete milenios entre el sueño y la vigilia. Cada vez, el tiempo pasaba más rápido. Ya no era capaz de distinguir entre día y día, semana y semana, o año y año. Solo siglo y siglo. Los siglos eran sus días, y los milenios sus semanas. Diecisiete semanas. Falkai habría muerto hace muchos milenios. 

Hace tanto tiempo. 

Siempre había intentado salir del Santuario, del estrecho círculo invisible en el que vivía, pero siempre era imposible. Terminaba volviendo al mismo lugar una y otra vez. 

Ese día lo intentó, solo para cerciorarse de que seguía igual. 

Pero inmediatamente puso un pie fuera, la roca se deslizó bajo su peso y empezó a caer hasta el suelo. Gritó y gritó, mientras caía cada vez más y más abajo. 

Cuando aterrizó en el suelo, misteriosamente vivo, jadeaba, y estaba cubierto de rasguños y moratones. A su alrededor, había unos seres extraños que no había visto en mucho tiempo. Niños, se recordó. O adolescentes, como él había sido. No se podía seguir considerando un adolescente después de diecisiete milenios siendo inmortal. ¿O sí? 

Los demás niños abrieron paso atemorizados a un chico de cabello negro y ojos verdes que despedía aquel aura de soledad que Starhole siempre había reconocido en sí mismo. 

No se imaginaba que conocer a Kimura cambiaría su vida para siempre.